No lo vuelvas a hacer (2)

Prejuicios, hipocresías y otros elementos jerárquicos del mal.
Las supersticiones, como muchos refranes, contienen un alto grado de tópicos por palabra[1]. Tanto en Oriente como en Occidente, abrir un paraguas bajo techo y pasar por debajo de una escalera, simbolizan la mala suerte. Frente al supuestamente catastrófico número trece, los surasiáticos rechazan el número cuatro[2]. En Corea del Sur piensan que el cuervo es siniestro porque se come a los muertos; aunque la urraca augura el feliz encuentro de una visita agradable. Muchas supersticiones coreanas se centran en el tema de la muerte, como una prevención o una huída. Así, mirar fijamente a un gato negro adelanta los síntomas del moribundo. Tampoco podemos tumbarnos hacia el norte en la península coreana, a riesgo de imitar a los muertos. Si soñamos que se nos cae un diente, una persona cercana abandonará el mundo. Si comemos arroz crudo, nuestra madre morirá. Por ello es también aconsejable terminar todo el arroz del cuenco, para que la suerte no se nos escape. A la vuelta de la casa del doliente, debemos tirar sal para que no nos persiga el fantasma del fallecido. Después de un funeral, es preferible visitar cualquier lugar antes que volver a casa. Si permanecemos en el umbral de la puerta, lo fatal nos poseerá completamente. En cambio, si nos topamos con una carroza funeral por la mañana, habremos de comprar lotería al día siguiente. También debemos hacerlo si soñamos con cerdos, símbolo oriental de la riqueza.
Continuemos con otras creencias tradicionales de Corea. Si desayunamos sopa de alga antes de un examen, suspenderemos porque las algas son muy resbaladizas[3]. No obstante, si un estudiante se sienta en un cojín que pertenece a otro, aprobará con toda probabilidad. Si comemos pastel coreano el día del examen, obtendremos un buen resultado. Colocar los palillos encima del arroz atrae la mala suerte, al igual que si nos servimos un licor enfrente de otra persona (de ahí que sea costumbre asistirse la bebida unos a otros); pero comer tallarines de gran longitud alarga la vida. Una superstición más literaria indica que si nos cortamos las uñas por la noche, un ratón se las comerá y suplantará nuestra personalidad. Cuando una pareja se compromete al casamiento, algunos padres acostumbran a visitar al agorero para pronosticar el destino de la pareja, especialmente si uno de los pretendientes no posee religión. Si una persona tiene un par de “huecos” en la cabeza, se casará dos veces a lo largo de su vida. Si colocamos una almohada en la pared, un ladrón robará en nuestra casa. Para los taxistas, resulta fatídico que el primer cliente sea una mujer. Si llueve y hace sol a la vez, se dice que ese día se casará el tigre.
Más allá de la tendencia a contradecir las supersticiones, probando constantemente lo improbable de su cumplimiento, existen otras maldades más difíciles de apreciar. Por ejemplo, los propósitos que nos martirizan pero que no terminamos de llevar a cabo; los trámites burocráticos que se prolongan sin necesidad; las sociedades que limitan las posibilidades de realización de sus individuos, especialmente si presumen de capitalistas. Muchos países de ideología mayoritariamente conservadora, se enorgullecen de presidirse por un gobierno de izquierdas. En las civilizaciones de moral anticuada, importa más la apariencia que el fondo. En ellas, nadie se sale de la norma y se contribuye a un objetivo común, pese a que no todos trabajemos el mismo número de horas ni disfrutemos de la misma consideración social. Las odiosas jerarquías olvidan uno de los contadísimos refranes verdaderos: “El hábito no hace al monje”, pero siempre se nos percibe de forma diferente según nuestro atuendo. El mundo nos angustia con estratificaciones tan azarosas como la edad o el sexo. Pero, desde un punto de vista cristiano, lo peor es juzgar y quizá sólo se pueda valorar negativamente a los que juzgan.
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