El cuarto ausente

El primero en caer, el segundo en todo, el tercero en discordia. El cuarto ausente.

2.1.07

No lo vuelvas a hacer (1)

Prejuicios, hipocresías y otros elementos jerárquicos del mal. (Para la mejor revista del mundo).

A Cha Eun Ah, la más buena.

Otro veinticuatro de diciembre solitario. Entre todas las maldades con las que podríamos llevar la contraria a esta fecha, escribir sobre el mal parece la más suave. Como una enumeración caótica que despierte de la vagancia, podemos citar crueldades a través del infinitivo: dar por sentado; juzgar con parámetros culturales previos; conceder importancia a lo superficial y azaroso; imponer lo que consideramos más propicio para los otros o incluso para la sociedad; engendrar por egocentrismo o por aburrimiento; creer que todos debemos pasar inescrutablemente por las mismas fases vitales; consolarse con tópicos; confiar en supersticiones ajenas y no crear propias; permitir que el miedo nos congele.

Los límites del mal siempre se miden con un rasero peligroso. Cuando el niño pegaba a sus compañeros de guardería, ¿era un bruto sin sentido o simplemente no podía controlar su efusividad? Ya entonces costaba esfuerzo hacerle disociar el sentido del placer con el dolor, más aún si iba para genio. Hasta para los rufianes, la hipocresía configura una forma indudable de lo maligno. Pero si las mentiras modifican favorablemente nuestro destino, ¿debemos evitarlas? ¿Qué decidimos, ser malos con los demás o con nosotros mismos? ¿Hay que sacrificar el talento propio, sea de la naturaleza que sea, y renunciar a las pasiones internas? ¿La curiosidad o la experimentación excesivas son pecaminosas o, por el contrario, amplían los signos de la única vida que conocemos? ¿Hasta dónde podemos llevar el egoísmo? Existen varios baremos o ninguno posible. Quizá se pueda arriesgar al máximo la vida propia, pero no sacrificar la ajena. No porque dañar a los demás constituya la maldad en sí misma, además de ser supuestamente ilegal, sino porque encontramos más elegante no interceder en el destino de los otros y respetar sus obsesiones.

Algunos pérfidos afirman que el diablo se regodea en trampas y recovecos. Tal vez se consuelan pensando que las contradicciones, los juegos de palabras, las paradojas existenciales y cualquier tipo de ambigüedad, señalan inequívocamente el camino del infierno. Ni que todo fuera tan sencillo, podría aseverar el Marqués de Sade en Las 120 jornadas de Sodoma (1875). Posiblemente, nuestro divino escritor tan sólo pretendió luchar contra la hipocresía prerrevolucionaria. Podríamos basarnos en sus retratos para reivindicar una cara bondadosa, delatora de un interior noble. Pero contamos con sus escritos para justificar cualquier veleidad. Lo más terrible del libro no son las “pasiones”, como así llamaba el marqués a las aberraciones y torturas a las que se arrastraban los protagonistas de la obra, sino la forma en que el narrador las enumera y jerarquiza. Lo retorcido, lo analítico, lo sometible a reglas numéricas o lingüísticas, resulta mucho más perverso que el sadismo en sí. El marqués defiende la subjetividad a la hora de valorar las acciones de sus personajes, ya que algunos pueden disfrutar lo que a muchos disgusta. Al intelectualizar las pasiones, Sade también criticaba el fondo especulativo con que la iglesia de la época justificaba sus contradicciones. Para él, la religión sería tan hipócrita y jerárquica como un tiburón vegetariano[1].

Lo incómodo tiende a obviarse, pero permanece en la memoria colectiva. Harold Bloom, en su famoso El canon occidental (1995), no incluye entre los autores canónicos al Marqués de Sade, aunque sus escritos inauguren un tipo literario. Entre las minorías marginadas que se señalan en Historia maldita de la literatura (1975), además de mujeres, homosexuales y judíos, Hans Mayer también olvida a los sádicos. Del primer grupo de excluidos sociales, podemos citar el extraño suceso de la zoófila Claudine de Culam, en 1601. Se probó en un juzgado, desnudándola, que la joven de dieciséis años había copulado con su perro. Ambos fueron humillados y quemados en la hoguera, aunque a nadie dañaron. El delito doblemente aberrante en la época, por su condición de mujer en una sociedad misógina, se registró como uno de los primeros casos de bestialismo – palabra sesgada per se – de la historia. Un punto de vista puro, o ahistórico, percibe cierta inocencia en la relación entre la muchacha y su perro[2].

Entre los homosexuales, Oscar Wilde aseguró que "nunca somos más sinceros con nosotros mismos que cuando somos contradictorios", cinco años antes de ser condenado a muerte por sodomía[3]. Para el judío Woody Allen, en Desmontando a Harry (1997), la tradición constituye sólo "la ilusión de lo permanente". En otra de sus películas, cuando le preguntan a su personaje si las matanzas de Auschwitz no lo consternaron, contesta con desenfado: "pensaba que los récords estaban para batirlos". Sin embargo, casarse con su hija adoptiva supuso sin duda el escándalo que peor fama le ha labrado en el mundo. De estos artistas admirados, pero en cuestión por lo extraordinario de su moralidad, ¿quién se atreve a afirmar que son malas personas? Casi tan negativamente se concibe al director estadounidense por enamorarse de una coreana, que al fin y al cabo siempre ha vivido en su casa, como en su momento se castigó a Wilde por amar a un joven desdeñoso. El escritor irlandés huía de los prejuicios, conocía la naturaleza ambivalente del ser humano y fue capaz de contrarrestarla con sinceridad y valentía. No sólo superó las dicotomías éticas por medio de la búsqueda de belleza, sino que además se permitió lo bondadoso de su singularidad. Allen, por su parte, se aleja de las convenciones religiosas y en general de cualquier forma de colectividad: frente al sentimiento de culpa, frente a los mismos que se regodean con el dolor y cuya pretensión designa elegido a "su pueblo", él prefiere la ironía. No parece que Soon-Yi estuviese obligada al matrimonio o coaccionada de algún modo, sino posiblemente también enamorada y disfrutando del amor de un genio. Para Allen, tan sólo fue una paradoja del destino adoptar a la mujer de su vida. De algún modo tenían que conocerse, y éste se muestra poético y hermoso. ¿Por qué no considerar honesto que cortarse con Mia Farrow, a quien ya no amaba, que respetase sus propios sentimientos y cambiase lo que no le gustaba?