Vivir con un gato
Llevo dos semanas viviendo con un gato.
No me gustan los animales. No me fío de las personas, menos de los gatos, no hay ningún San Francisco de Asís, patrón de los animales, dentro de mí.
Una semana he vivido a solas con un gato. No sé cómo son los gatos. Este gato es raro. No maúlla, tampoco parece tener siete vidas, no parece gastar ni media vida. Está gordo, no hace ruidos. Mira, pide que le hagan caso, pero poco más. No sé si a los gatos se les pegan cosas de sus amos. No le he hecho mucho caso, pero creo que le echaré de menos. Al despertarme le pongo comida como con salsa, un sobrecito. Este gato es tan tranquilo que no se lanza sobre su amo, sino que espera a que la comida esté puesta.
Le limpio las caquitas. No al gato, que no sé si se limpia el culo. Éste caga y mea en un cajón de plástico blanco, cubierto por una arenilla gris. Es muy cómodo, todas las heces se pegan en el cajón y simplemente uno pasa un rastrillo y las heces quedan amontonadas.
Le doy agua, pero le gusta beberla de una regadera. Por la noche le doy comida seca. Tiene hambre, ganas de jugar, pero no nos acabamos de entender. Cuando él quiere mimos yo me voy a dormir, salgo de casa o no tengo tiempo para él. Cuando yo quiero mimos no sé a quién pedírselos, él no sé si sabrá dármelos.
0 Comments:
Publicar un comentario en la entrada
<< Home