El cuarto ausente

El primero en caer, el segundo en todo, el tercero en discordia. El cuarto ausente.

3.1.07

Notas a pie de página y conclusión ausente


No lo vuelvas a hacer. Prejuicios, hipocresías y otros elementos jerárquicos del mal.

El mal atrae; sobre todo, por su promesa de liberación. Llevado a consecuencias extremas, esta promesa se cumplirá algún día. Mientras llega esta libertad soñada y esperanzadora, siempre habrá alguien sonriendo. A veces creemos que todo es tan malo y estamos tan hartos, que cogeríamos las manos y estrangularíamos las teclas del ordenador, así pirjewruiowhg ifurenjkdlbvm dcdskeoir jwjnfrgklghioewkledanm,vcb chkfjgdls m,vcxnbgjkhdsn m,vcxvnmbf,. vnbmjf,vnbm,.xcv,bmc fnd.skz,x vc.f-,sg, htbgfvncxb-a.,dswmt gewq trrfedkkf rex

[1] Esta aparentemente inofensiva propuesta de un tiburón que no come carne, proviene de la película animada Shark Tale (2004), de Bibo Bergeron, Vicky Jenson y Rob Letterman.
[2] Más información en la página es.wikipedia.org/wiki/Claudine_de_Culam
[3] Oscar Wilde (1890) [2001], El crítico como artista, Libros C. de Langre, El Escorial, p. 211.
[4] Las supersticiones coreanas han sido facilitadas por los trece alumnos de mi clase de “Conversación de español, nivel superior”, de la Universidad de Corea (Seúl, Corea del Sur).
[5] Curiosamente, en numerología ambas cifras equivaldrían a la misma superstición, ya que 1+3=4.
[6] De nuevo, lo resbaladizo y equívoco vuelve a considerarse signo del mal. Recordemos que la eterna juventud de Julio Cortázar, mago de los palíndromos y otros juegos circulares, también se consideró fruto de un pacto con el diablo.
[7] Enrique Lihn (1995) Porque escribí. Antología poética, Fondo de Cultura Económica: México. El poema contiene versos como éstos: “Nada se pierde con vivir, ensaya; / (…) Nada se pierde con vivir, tenemos / todo el tiempo del tiempo por delante / para ser el vacío que somos en el fondo” (pp. 32-33).

2.1.07

No lo vuelvas a hacer (3)

Prejuicios, hipocresías y otros elementos jerárquicos del mal.

Uno de los fallos más incomprensibles del sistema estriba en que los doctores, tras conseguir su título después de mil sacrificios, tengan que buscar trabajo o una beca post-doctoral. Lo ideal sería que, automáticamente, apareciera un reconocimiento individualizado para cada estudiante que se doctora. Imaginemos las condiciones: “Se concede beca post-doctoral al Doctor/a “G”, sin reparar en gastos y en el lugar que su conciencia y/o rigor académico le guíe. El becario deberá hacer lo que considere más oportuno para su formación. Si lo desea, puede redactar una memoria-recordatorio, basándose en sus experiencias en la luna. Se le facilitarán los siguientes materiales: cheques en blanco; viajes gratuitos en todos los medios de transporte imaginables; alojamiento en los cinco continentes y alimentación afrodisíaca; por descontado seguro médico y sanitario. Después de tres años y tres meses haciendo lo que le dé la gana, se dará fin a la beca post-doctoral y se le facilitarán otras alternativas de estudio que lo re-integren verdaderamente en la sociedad de su tiempo”. Como el infierno se suele identificar con lo circular, retomemos otra enumeración caótica para cifrar esas “otras alternativas” que cita la beca: “zoofilia, pederastia, incesto, alcoholismo, drogadicción, sadomasoquismo, introducción de objetos, tortura, actitud blasfema, profanación de recintos sagrados, lluvia dorada, garrulidad, lunas de miel, coprofagia, vibradores, cleptomanía, auto-felación, siameses, resignación, misticismo, obesidad y anorexia, canibalismo, ruptura de pezones, urbanismo, contaminación, crueldad, filología, amputaciones, intercambio de fluidos con muertos y extraterrestres, penetración en paredes (con agujero o sin él), petardeo, crónica rosa y negra, egoísmo, violaciones, aborto, menstruación y embarazo, hemorroides, cáncer, fetichismo, escayola, lucha libre, sensiblería, depilación, silla eléctrica, nacionalismo, sida, matrimonio, hipocondría, catolicismo, alcahuetería, prostitución activa y pasiva, contrabando, divorcio, altruismo, amistad, video arte, taxis, carné de conducir, tiovivos, budismo, infidelidad, cambio de sexo, vampirismo, abogacía, tuberculosis, corrupción, flagelaciones, peste, maldades políticas, castidad, diario por internet y fotolog, esoterismo, dictadura, cómic manga y tangas, caprichos, pobreza, peluquería, bisutería, artisteo variado, manicura, podología, maquillaje, comunismo, consumismo, peronismo, pornografía, democracia, anarquía, libros, lencería, masonería, palabras malsonantes, alquimia, masturbación, enfermedad, obscenidades, enterramiento de vivos, poesis, asquerosidad, abusos, satanismo, televisión, paranoia, hambre, insomnio y asesinato”. Si todo esto no satisface, cuando el becario doble la edad de Cristo, puede proceder al suicidio o al comienzo de una nueva tesis.

Quizá lo verdaderamente malvado resida en la convención. O en prejuzgar a los demás, en tanto actividad jerárquica y falseadora. Acaso la bondad se oculte en la diferencia, en la indivi-dualidad arriesgada. Tal vez lo peor sea escribir un ensayo como éste, defendiendo los propios intereses a través de argumentos atractivos. En cualquier caso, una de las encomiendas fundamentales de la literatura consiste en contradecir los tópicos establecidos. Max Aub, en su Manuscrito cuervo (1947), revela no sólo que los cuervos poseen una fama injusta, sino que incluso su modus operandi queda dignificado en contraposición con el instinto gregario de los seres humanos. El chileno Enrique Lihn, frente a los textos de complacencia por el nacimiento de otro ser, confiesa su rubor y su sentimiento de culpa en el maravilloso poema “Monólogo del padre con su hijo de meses”[1]. A menudo identificamos lo sencillo y elemental con lo bueno. Sin embargo, nada hay más fácil que quitar una vida ni nada más dificultoso que aprovecharla. ¿Por qué admiramos tanto a Batman, el superhéroe legendario que ignora la ley y emplea constantemente la violencia? En cierto modo, sus contradicciones nos parecen "sanas" porque pertenecen al universo de los anhelos. La bondad de sus acciones reside en su elegancia misteriosa, en el colmo de su satisfacción, en sus procedimientos originales, en su riesgo.

No lo vuelvas a hacer (2)


Prejuicios, hipocresías y otros elementos jerárquicos del mal.

Las supersticiones, como muchos refranes, contienen un alto grado de tópicos por palabra[1]. Tanto en Oriente como en Occidente, abrir un paraguas bajo techo y pasar por debajo de una escalera, simbolizan la mala suerte. Frente al supuestamente catastrófico número trece, los surasiáticos rechazan el número cuatro[2]. En Corea del Sur piensan que el cuervo es siniestro porque se come a los muertos; aunque la urraca augura el feliz encuentro de una visita agradable. Muchas supersticiones coreanas se centran en el tema de la muerte, como una prevención o una huída. Así, mirar fijamente a un gato negro adelanta los síntomas del moribundo. Tampoco podemos tumbarnos hacia el norte en la península coreana, a riesgo de imitar a los muertos. Si soñamos que se nos cae un diente, una persona cercana abandonará el mundo. Si comemos arroz crudo, nuestra madre morirá. Por ello es también aconsejable terminar todo el arroz del cuenco, para que la suerte no se nos escape. A la vuelta de la casa del doliente, debemos tirar sal para que no nos persiga el fantasma del fallecido. Después de un funeral, es preferible visitar cualquier lugar antes que volver a casa. Si permanecemos en el umbral de la puerta, lo fatal nos poseerá completamente. En cambio, si nos topamos con una carroza funeral por la mañana, habremos de comprar lotería al día siguiente. También debemos hacerlo si soñamos con cerdos, símbolo oriental de la riqueza.

Continuemos con otras creencias tradicionales de Corea. Si desayunamos sopa de alga antes de un examen, suspenderemos porque las algas son muy resbaladizas[3]. No obstante, si un estudiante se sienta en un cojín que pertenece a otro, aprobará con toda probabilidad. Si comemos pastel coreano el día del examen, obtendremos un buen resultado. Colocar los palillos encima del arroz atrae la mala suerte, al igual que si nos servimos un licor enfrente de otra persona (de ahí que sea costumbre asistirse la bebida unos a otros); pero comer tallarines de gran longitud alarga la vida. Una superstición más literaria indica que si nos cortamos las uñas por la noche, un ratón se las comerá y suplantará nuestra personalidad. Cuando una pareja se compromete al casamiento, algunos padres acostumbran a visitar al agorero para pronosticar el destino de la pareja, especialmente si uno de los pretendientes no posee religión. Si una persona tiene un par de “huecos” en la cabeza, se casará dos veces a lo largo de su vida. Si colocamos una almohada en la pared, un ladrón robará en nuestra casa. Para los taxistas, resulta fatídico que el primer cliente sea una mujer. Si llueve y hace sol a la vez, se dice que ese día se casará el tigre.

Más allá de la tendencia a contradecir las supersticiones, probando constantemente lo improbable de su cumplimiento, existen otras maldades más difíciles de apreciar. Por ejemplo, los propósitos que nos martirizan pero que no terminamos de llevar a cabo; los trámites burocráticos que se prolongan sin necesidad; las sociedades que limitan las posibilidades de realización de sus individuos, especialmente si presumen de capitalistas. Muchos países de ideología mayoritariamente conservadora, se enorgullecen de presidirse por un gobierno de izquierdas. En las civilizaciones de moral anticuada, importa más la apariencia que el fondo. En ellas, nadie se sale de la norma y se contribuye a un objetivo común, pese a que no todos trabajemos el mismo número de horas ni disfrutemos de la misma consideración social. Las odiosas jerarquías olvidan uno de los contadísimos refranes verdaderos: “El hábito no hace al monje”, pero siempre se nos percibe de forma diferente según nuestro atuendo. El mundo nos angustia con estratificaciones tan azarosas como la edad o el sexo. Pero, desde un punto de vista cristiano, lo peor es juzgar y quizá sólo se pueda valorar negativamente a los que juzgan.

No lo vuelvas a hacer (1)

Prejuicios, hipocresías y otros elementos jerárquicos del mal. (Para la mejor revista del mundo).

A Cha Eun Ah, la más buena.

Otro veinticuatro de diciembre solitario. Entre todas las maldades con las que podríamos llevar la contraria a esta fecha, escribir sobre el mal parece la más suave. Como una enumeración caótica que despierte de la vagancia, podemos citar crueldades a través del infinitivo: dar por sentado; juzgar con parámetros culturales previos; conceder importancia a lo superficial y azaroso; imponer lo que consideramos más propicio para los otros o incluso para la sociedad; engendrar por egocentrismo o por aburrimiento; creer que todos debemos pasar inescrutablemente por las mismas fases vitales; consolarse con tópicos; confiar en supersticiones ajenas y no crear propias; permitir que el miedo nos congele.

Los límites del mal siempre se miden con un rasero peligroso. Cuando el niño pegaba a sus compañeros de guardería, ¿era un bruto sin sentido o simplemente no podía controlar su efusividad? Ya entonces costaba esfuerzo hacerle disociar el sentido del placer con el dolor, más aún si iba para genio. Hasta para los rufianes, la hipocresía configura una forma indudable de lo maligno. Pero si las mentiras modifican favorablemente nuestro destino, ¿debemos evitarlas? ¿Qué decidimos, ser malos con los demás o con nosotros mismos? ¿Hay que sacrificar el talento propio, sea de la naturaleza que sea, y renunciar a las pasiones internas? ¿La curiosidad o la experimentación excesivas son pecaminosas o, por el contrario, amplían los signos de la única vida que conocemos? ¿Hasta dónde podemos llevar el egoísmo? Existen varios baremos o ninguno posible. Quizá se pueda arriesgar al máximo la vida propia, pero no sacrificar la ajena. No porque dañar a los demás constituya la maldad en sí misma, además de ser supuestamente ilegal, sino porque encontramos más elegante no interceder en el destino de los otros y respetar sus obsesiones.

Algunos pérfidos afirman que el diablo se regodea en trampas y recovecos. Tal vez se consuelan pensando que las contradicciones, los juegos de palabras, las paradojas existenciales y cualquier tipo de ambigüedad, señalan inequívocamente el camino del infierno. Ni que todo fuera tan sencillo, podría aseverar el Marqués de Sade en Las 120 jornadas de Sodoma (1875). Posiblemente, nuestro divino escritor tan sólo pretendió luchar contra la hipocresía prerrevolucionaria. Podríamos basarnos en sus retratos para reivindicar una cara bondadosa, delatora de un interior noble. Pero contamos con sus escritos para justificar cualquier veleidad. Lo más terrible del libro no son las “pasiones”, como así llamaba el marqués a las aberraciones y torturas a las que se arrastraban los protagonistas de la obra, sino la forma en que el narrador las enumera y jerarquiza. Lo retorcido, lo analítico, lo sometible a reglas numéricas o lingüísticas, resulta mucho más perverso que el sadismo en sí. El marqués defiende la subjetividad a la hora de valorar las acciones de sus personajes, ya que algunos pueden disfrutar lo que a muchos disgusta. Al intelectualizar las pasiones, Sade también criticaba el fondo especulativo con que la iglesia de la época justificaba sus contradicciones. Para él, la religión sería tan hipócrita y jerárquica como un tiburón vegetariano[1].

Lo incómodo tiende a obviarse, pero permanece en la memoria colectiva. Harold Bloom, en su famoso El canon occidental (1995), no incluye entre los autores canónicos al Marqués de Sade, aunque sus escritos inauguren un tipo literario. Entre las minorías marginadas que se señalan en Historia maldita de la literatura (1975), además de mujeres, homosexuales y judíos, Hans Mayer también olvida a los sádicos. Del primer grupo de excluidos sociales, podemos citar el extraño suceso de la zoófila Claudine de Culam, en 1601. Se probó en un juzgado, desnudándola, que la joven de dieciséis años había copulado con su perro. Ambos fueron humillados y quemados en la hoguera, aunque a nadie dañaron. El delito doblemente aberrante en la época, por su condición de mujer en una sociedad misógina, se registró como uno de los primeros casos de bestialismo – palabra sesgada per se – de la historia. Un punto de vista puro, o ahistórico, percibe cierta inocencia en la relación entre la muchacha y su perro[2].

Entre los homosexuales, Oscar Wilde aseguró que "nunca somos más sinceros con nosotros mismos que cuando somos contradictorios", cinco años antes de ser condenado a muerte por sodomía[3]. Para el judío Woody Allen, en Desmontando a Harry (1997), la tradición constituye sólo "la ilusión de lo permanente". En otra de sus películas, cuando le preguntan a su personaje si las matanzas de Auschwitz no lo consternaron, contesta con desenfado: "pensaba que los récords estaban para batirlos". Sin embargo, casarse con su hija adoptiva supuso sin duda el escándalo que peor fama le ha labrado en el mundo. De estos artistas admirados, pero en cuestión por lo extraordinario de su moralidad, ¿quién se atreve a afirmar que son malas personas? Casi tan negativamente se concibe al director estadounidense por enamorarse de una coreana, que al fin y al cabo siempre ha vivido en su casa, como en su momento se castigó a Wilde por amar a un joven desdeñoso. El escritor irlandés huía de los prejuicios, conocía la naturaleza ambivalente del ser humano y fue capaz de contrarrestarla con sinceridad y valentía. No sólo superó las dicotomías éticas por medio de la búsqueda de belleza, sino que además se permitió lo bondadoso de su singularidad. Allen, por su parte, se aleja de las convenciones religiosas y en general de cualquier forma de colectividad: frente al sentimiento de culpa, frente a los mismos que se regodean con el dolor y cuya pretensión designa elegido a "su pueblo", él prefiere la ironía. No parece que Soon-Yi estuviese obligada al matrimonio o coaccionada de algún modo, sino posiblemente también enamorada y disfrutando del amor de un genio. Para Allen, tan sólo fue una paradoja del destino adoptar a la mujer de su vida. De algún modo tenían que conocerse, y éste se muestra poético y hermoso. ¿Por qué no considerar honesto que cortarse con Mia Farrow, a quien ya no amaba, que respetase sus propios sentimientos y cambiase lo que no le gustaba?

27.12.06

Navidad poética


Pese a la distancia

Pese a la enfermedad. Pese al desastre. Pese al dolor. Pese a la muerte. Aunque no tenga sentido. Aunque se acabe. Aunque no haya remedio. Incluso ahora. Incluso después del fin. Algo merece la pena. Al menos estamos vivos. Al menos somos amigos. Todavía estamos juntos. Todavía estamos cerca. Todavía somos tres y un cuarto ausente.

22.11.06

El cuarto ausente


Sin acentos

La ausencia es inevitable. Los huecos no se pueden cubrir. Aunque soluciones un descosido, otro agujero nuevo puede sorprenderte en la calma. No hay fin, porque tampoco hay principio. Pocos son los que han venido a descansar.

Cuando tengas lo que buscas, tal vez otro hilo inesperado descosa tus heridas. Tu continente y tu planeta son ilusiones en la penumbra. Estamos sujetos a fisuras. Hemos mordido una manzana sin talla definida. Lo inasible forma parte de nuestro contorno. Tampoco el amor ocupa lugar, aunque tus brazos me envuelvan decididos.

Todos tenemos un ojo mirando al Este y otro al Oeste. El Norte y el Sur se empapan de quimeras sin altura. Lo amable se desvanece en lo concreto, lo triste se transfigura en lo abstracto. Adoptemos lo que adoptemos, postulemos lo que postulemos, lo incompleto nos atenaza con su rotundidad. Algo siempre falta.

13.10.06

Me niego


Negación por antonomasia

Me niego a aprender a conducir. Ya lo intenté una vez: casi atropello a una anciana y a más de quince jóvenes que cruzaban tranquilamente su semáforo en verde con paso de cebra. El profesor de la auto-escuela me declaró inútil. Perdí tiempo y dinero. No soy el típico que habla de coches. No me interesa el asfalto.

Me dan miedo los volantes. Cualquier tipo de rueda, o de círculo vicioso, me parece un peligro. El olor de la gasolina me marea, me produce arcadas. La palabra "llantas" me provoca alergia. La carretera tiembla conmigo. Defiendo los derechos de los peatones.

El horizonte sólo se puede cruzar volando.

14.9.06



El cuarto está ausente, pero alguien se ha comido mi piruleta.

Vacío

No tengo nada que decir, y no quiero decir nada. No tiene sentido que siga escribiendo. Esta página, a partir de este momento, estará vacía. Que la rellenen otros.

Patty Diphusa, Pedro Almodóvar

12.9.06

Yoga


Tumbado

¿Que no piense en nada? Imposible. Sí, sí. Cierro los ojos, intento estirarme y estar tranquilo. Pero... Me preocupa que se caiga el techo. Además, me parece que alguien me mira. ¿Y si el profesor dice algo que no entiendo? ¿Y si me quedo dormido? ¿Cómo me voy a relajar así? Tumbado estoy indefenso. Y me tiemblan las piernas por naturaleza. Eso por no hablar de mi pulso, frágil como una tetera.

Sí, mucho silencio y tal. Ropa cómoda y lo que quieras. Pero, ¿cómo voy a concentrarme si mi interior no puede estarse quieto? ¿Concentrarme en qué? ¿De verdad existe el vacío? Además, te tengo a centímetros tumbada a mi derecha. ¿Cómo no pensar en levantarme y subirme encima de ti? ¿Cómo no besarte, pese a la turba y la muchedumbre?